La pirotecnia del egoísmo En Viedma no falta normativa. No falta marco legal. Lo que falta —y de manera cada vez más evidente— es empatía social. Las ordenanzas municipales vigentes, impulsadas y sostenidas durante la gestión del intendente Marcos Castro, son claras: la pirotecnia sonora está prohibida. Sin embargo, una parte de la comunidad elige ignorar la ley y hacer del ruido una forma de desprecio hacia el otro. No se trata de desconocimiento. Se trata de desobediencia consciente. Mientras personas con trastornos del espectro autista, adultos mayores, bebés y animales sufren crisis, ataques de pánico y consecuencias reales, hay quienes siguen amparándose en una falsa tradición para justificar conductas que rozan la crueldad. No hay celebración que valga el sufrimiento ajeno. Desde la Secretaría a cargo de Norberto Domínguez se vienen desarrollando controles, operativos y campañas de concientización. Pero estos esfuerzos se ven sistemáticamente boicoteados por un fenómeno que crece sin freno: la venta ilegal de pirotecnia a través de páginas y perfiles de Facebook, un mercado clandestino digital que opera a la vista de todos y que erosiona cualquier intento serio de control. Esta comercialización ilegal no solo viola las ordenanzas municipales, sino que vuelve casi imposible llegar al fondo del problema con los controles tradicionales. La clandestinidad virtual avanza más rápido que el Estado, protegida por la comodidad del anonimato y la falta de denuncias. Pero sería un error cargar toda la responsabilidad en los organismos de control. El problema es más profundo y más incómodo: hay vecinos dispuestos a comprar ilegalmente, a incumplir la ley y a naturalizar el daño. La falta de empatía no se fiscaliza, pero se escucha en cada explosión. La comunidad que no denuncia es parte del problema. El que compra, también. El que justifica, ni hablar. Viedma tiene ordenanzas. Tiene controles. Lo que todavía no logra construir del todo es una conciencia colectiva a la altura de los tiempos. Respetar la ley y al otro no debería ser una opción, sino una obligación ética mínima. El progreso no hace ruido. El egoísmo, sí. Editorial – La Sexta del Sur